trabajo final.Deivid Jacanamijoy
El
maestro frente al espejo digital: escuela, conflicto e inteligencia artificial
Deivid
Cruz Jacanamijoy Tisoy
Universidad
Pedagógica Nacional
Licenciatura
en Diseño Tecnológico
Resolución
de Conflictos en Contextos Educativos
Junio
de 2026
El
maestro frente al espejo digital: escuela, conflicto e inteligencia artificial
Hay momentos en
la historia de la educación en los que las preguntas se vuelven más urgentes
que las respuestas. Vivimos uno de esos momentos. La irrupción de la
inteligencia artificial en los espacios cotidianos de aprendizaje no es
simplemente un fenómeno tecnológico: es un acontecimiento pedagógico que
interpela la identidad del maestro, el sentido del conocimiento y los vínculos
que sostienen la vida escolar. Frente a esa interpelación, no basta con
actualizar metodologías ni con incorporar herramientas digitales en el aula; es
necesario detenerse a pensar qué ocurre cuando la tecnología deja de ser un
instrumento y se convierte en una forma de relación con el mundo.
Este ensayo
parte de ese cuestionamiento. A lo largo de las páginas siguientes se intentará
construir una reflexión crítica sobre la escuela contemporánea, los conflictos
que emergen en su interior y el lugar que ocupa la inteligencia artificial en
esa trama compleja. Para ello, se acudirá a tres perspectivas complementarias:
las categorías analíticas propuestas por Massimo Recalcati en La hora de clase
(2016), especialmente su distinción entre los modelos de escuela-Edipo,
escuela-Narciso y escuela-Telémaco; el relato "El otro" de Jorge Luis
Borges (1975), como dispositivo literario que permite pensar asuntos como la
identidad, la autoría y la verdad en tiempos de simulación; y una reflexión
personal sobre los conflictos pedagógicos que genera la IA en los procesos de
escritura y pensamiento crítico.
La tesis que
articula este trabajo puede formularse así: en una época en que las máquinas
pueden imitar la voz humana, el acto educativo solo cobra sentido cuando está
sostenido por un deseo genuino de transmisión y de encuentro. El maestro de
Tecnología e Informática, en particular, enfrenta una paradoja singular: es
depositario de saberes sobre las herramientas que al mismo tiempo amenazan con
sustituirlo. Esa paradoja, lejos de paralizarlo, puede convertirse en el punto
de partida de una pedagogía más consciente, más crítica y más humana.
La
escuela que habitamos: entre Narciso y Telémaco
Para comprender
los conflictos que hoy atraviesan la escuela, resulta iluminador el marco
interpretativo que Recalcati (2016) construye a partir de tres figuras de la
mitología y la literatura. La primera, la escuela-Edipo, remite a una
institución fundada en la Ley: el saber como herencia que se transmite de
generación en generación, el maestro como portador de una autoridad simbólica
incuestionable. Esta escuela dominó buena parte del siglo XX y todavía persiste
en ciertas prácticas, aunque su legitimidad se ha erosionado considerablemente.
La segunda figura, la escuela-Narciso, describe la patología contemporánea por
excelencia: una institución que gira en torno al yo, donde el estudiante busca
el reflejo de sí mismo en lugar de abrirse al encuentro con lo otro. En este
modelo, el aprendizaje cede ante el rendimiento, la curiosidad se sustituye por
la calificación y el maestro pierde su función de mediador entre el sujeto y el
saber.
Observando las
dinámicas de las aulas actuales, resulta difícil no reconocer en ellas los
rasgos de la escuela-Narciso. La dispersión de la atención, el predominio de la
imagen sobre el argumento, la búsqueda compulsiva de validación externa y la
dificultad para tolerar la frustración del aprendizaje lento son síntomas de
una cultura escolar que ha interiorizado los valores del rendimiento y la
inmediatez. En ese contexto, la inteligencia artificial actúa como catalizador:
facilita la producción de textos sin pensamiento, la obtención de respuestas
sin proceso, la apariencia del saber sin su sustancia. No es que la IA sea
intrínsecamente maligna; el problema radica en el uso que se hace de ella
cuando el deseo de aprender ha sido reemplazado por el deseo de aprobar.
Sin embargo,
Recalcati (2016) no se detiene en el diagnóstico patológico. La tercera figura,
la escuela-Telémaco, abre una posibilidad diferente. Telémaco, el hijo de
Ulises, crece en la ausencia del padre y debe aprender a vivir en esa falta sin
que ella lo destruya. La escuela-Telémaco es aquella que sabe que la autoridad
del maestro no deriva de su omnisciencia sino de su capacidad para despertar el
deseo de saber en el estudiante. En esta perspectiva, la palabra del maestro no
es una orden sino una apertura; no impone respuestas sino que provoca
preguntas. Este modelo no desaparece ante la IA: por el contrario, cobra mayor
urgencia precisamente porque las máquinas pueden suministrar respuestas pero no
pueden provocar preguntas verdaderas.
Una idea que
Recalcati (2016) desarrolla con particular fuerza es la distinción entre
transferencia y transmisión. La transferencia es el vínculo afectivo que se
establece entre el estudiante y el maestro, ese lazo singular por el cual un
sujeto desea aprender porque alguien lo ha convocado a hacerlo. La transmisión,
por su parte, es el modo en que el saber pasa de una generación a otra sin
perder su vitalidad. Ambas dimensiones son irreductibles a cualquier algoritmo,
porque no dependen de la eficiencia en el procesamiento de información sino de
la singularidad del encuentro humano. Aquí radica, precisamente, lo que la
escuela puede ofrecer que ninguna plataforma digital puede replicar.
El
otro y el simulacro: identidad, autoría y verdad en tiempos de IA
El cuento
"El otro" de Borges (1975) narra el encuentro de un hombre consigo
mismo en otro momento de su vida. Sentados en un banco frente al río, el Borges
anciano y el Borges joven conversan sin llegar a un acuerdo sobre cuál de los
dos es más real, cuál posee la verdad de la experiencia vivida y cuál reconoce
genuinamente al otro. El relato parece simple en su superficie, pero esconde
preguntas que resultan extraordinariamente pertinentes para pensar la relación
entre escritura, pensamiento e inteligencia artificial: ¿qué significa ser el
autor de un texto? ¿Qué queda de la identidad cuando la voz puede ser imitada?
¿Quién tiene la verdad cuando dos versiones de la misma persona se contradicen?
Estas preguntas
ya no son solo filosóficas; son pedagógicas y éticas. Cuando un estudiante
entrega un texto generado por una IA y lo firma con su nombre, ¿quién es el
otro en esa situación? El texto porta una voz que no es la suya, un argumento
que no ha construido, una coherencia que no ha conquistado. Hay algo de
borgeano en esa escena: dos sujetos superpuestos en una sola hoja, incapaces de
reconocerse mutuamente. La diferencia con el cuento es que, en el aula, esa
superposición no es un experimento literario sino un conflicto pedagógico real
que afecta tanto la formación del estudiante como la confianza que sostiene la
relación educativa.
Borges (1975)
plantea, además, la cuestión de la memoria como fundamento de la identidad. El
Borges joven no puede reconocer al anciano porque aún no ha vivido lo que ese
otro ya ha olvidado. La memoria, en este sentido, no es solo archivo sino
experiencia sedimentada, huella de un recorrido singular. La escritura que
emerge de ese recorrido lleva las marcas de quien la produjo: las dudas, las
correcciones, las intuiciones, los fracasos. Una IA no tiene memoria en ese
sentido; tiene patrones estadísticos derivados de millones de textos, pero no
tiene experiencia. Sus palabras no proceden de ningún lugar vivido, y
precisamente por eso, aunque sean gramaticalmente correctas y temáticamente
pertinentes, carecen de esa singularidad que hace que un texto sea verdaderamente
de alguien.
Esta distinción
tiene consecuencias directas para la enseñanza de la escritura académica. Si el
propósito de escribir un ensayo es desarrollar el pensamiento, construir una
posición argumentada y habituar al estudiante a la difícil tarea de organizar
las propias ideas, entonces un texto generado por IA no cumple ninguna de esas
funciones formativas, aunque supere cualquier detector automático de plagio. El
conflicto que emerge aquí no es técnico sino ético: se trata de preguntarse qué
se pierde cuando se delega en una máquina la tarea más profundamente humana de
dar forma a los propios pensamientos.
El
docente de tecnología ante la paradoja digital
El maestro de
Tecnología e Informática ocupa una posición singular frente a estos desafíos. A
diferencia de otros docentes, su campo disciplinar coincide precisamente con el
ámbito en que emergen las herramientas que generan mayor conflicto pedagógico.
Esto puede vivirse como una amenaza, pero también como una oportunidad. Un
maestro de tecnología que entiende cómo funciona un modelo de lenguaje, que
conoce sus limitaciones y sus sesgos, que puede mostrar a sus estudiantes tanto
las posibilidades como los peligros de estas herramientas, está en condiciones
de ejercer una función mediadora que ningún otro docente puede desempeñar con
la misma autoridad epistémica.
Sin embargo, esa
función mediadora exige algo más que conocimiento técnico. Exige lo que
Recalcati (2016) llama presencia: la capacidad del maestro para estar ahí, en
el sentido pleno de la palabra, como sujeto que trae consigo una historia, un
deseo y una ética. La presencia no se puede simular ni automatizar. Un maestro
que enseña a pensar críticamente sobre la IA no puede hacerlo leyendo en voz
alta los argumentos de otros; debe haber pensado él mismo esas preguntas, haber
sentido la incomodidad de no tener respuestas definitivas, haber experimentado
la tensión entre la fascinación por la herramienta y la inquietud por sus
efectos. Esa experiencia vivida es la que da peso y credibilidad a su palabra
en el aula.
En cuanto a los
conflictos concretos que genera el uso de IA en el contexto escolar, pueden
identificarse al menos tres dimensiones que requieren intervención pedagógica.
La primera es la dimensión de la autoría y la honestidad académica: cuando un
estudiante utiliza IA para producir trabajos que debería elaborar por sí mismo,
no solo incumple una norma sino que se priva de una experiencia formativa
fundamental. La intervención del docente en este caso no puede limitarse a la
sanción; debe incluir una conversación genuina sobre por qué importa pensar por
cuenta propia, qué se pierde cuando se delega esa tarea y cómo la IA puede
usarse como herramienta de apoyo sin sustituir el esfuerzo cognitivo.
La segunda
dimensión es la de la relación entre eficiencia y profundidad. La IA produce
respuestas rápidas, bien estructuradas y aparentemente completas. Esa
eficiencia puede generar en los estudiantes una intolerancia creciente hacia la
lentitud del pensamiento genuino, hacia la necesidad de leer despacio, de
releer, de dudar, de corregir. El maestro debe contrarrestar esa tendencia no
con prohibiciones sino con propuestas pedagógicas que valoricen el proceso
sobre el producto: escrituras en proceso, borradores comentados, discusiones en
voz alta, ejercicios de pensamiento en los que el recorrido importa más que la
llegada.
La tercera
dimensión es la más profunda y también la más difícil de abordar: la cuestión
del deseo de aprender. Si la escuela-Narciso produce sujetos que buscan el
reflejo de sí mismos en lugar del encuentro con lo nuevo, la IA amplifica esa
tendencia al ofrecer exactamente lo que el usuario quiere escuchar, en el
formato que prefiere, a la velocidad que demanda. Frente a eso, la apuesta de
la escuela-Telémaco es radical: sostener la falta, tolerar la incertidumbre,
hacer de la pregunta sin respuesta inmediata una experiencia productiva. Esa
apuesta requiere maestros que crean en ella y que estén dispuestos a habitarla.
Conclusión
A lo largo de
este ensayo se ha intentado construir una mirada pedagógica sobre los
conflictos que genera la inteligencia artificial en la escuela contemporánea,
utilizando como herramientas interpretativas las categorías de Recalcati (2016)
y las intuiciones filosóficas del cuento de Borges (1975). La conclusión que
emerge de ese recorrido no es ni optimista ni pesimista: es, en el sentido más
preciso del término, pedagógica.
La inteligencia
artificial no destruye la posibilidad de la educación, pero sí la interpela con
una fuerza inédita. Nos obliga a preguntarnos qué es lo que la escuela ofrece
que ninguna máquina puede replicar: el encuentro singular entre un sujeto que
desea transmitir y un sujeto que aún no sabe que desea aprender. Ese encuentro,
que Recalcati (2016) llama la hora de clase, es el corazón irreductible de la
experiencia educativa. Puede ocurrir en un aula, en un pasillo, en una
conversación al margen del programa. Pero no puede ocurrir sin presencia
humana, sin voz que lleve consigo una historia, sin mirada que reconozca al
otro como sujeto y no como usuario.
Para el maestro
de Tecnología e Informática, esa comprensión tiene una dimensión adicional.
Enseñar tecnología hoy no puede reducirse a enseñar herramientas; debe incluir
la enseñanza de una postura crítica frente a ellas. Esa postura implica saber
usarlas, pero también saber cuándo no usarlas; implica comprender su lógica,
pero también reconocer lo que queda fuera de su alcance. En ese margen que la
máquina no puede habitar es donde vive el pensamiento, donde nace la escritura
genuina y donde el maestro sigue siendo, como lo fue siempre, irreemplazable.
Borges (1975) no
resuelve el enigma de "El otro": los dos hombres se separan sin saber
cuál de los dos ha soñado al otro. Tal vez esa irresolución sea también la
nuestra: vivimos entre dos versiones de la educación, la que conocemos y la que
viene, sin saber todavía cuál de las dos es la más real. Lo que sí sabemos, y
esto es lo que vale la pena sostener, es que en ese espacio de incertidumbre la
figura del maestro no desaparece. Se transforma, se interroga, se reinventa. Y
en esa reinvención está, quizás, la posibilidad más genuina de la escuela que
queremos construir.
Referencias
Borges, J. L. (1975). El otro. En El libro de arena (pp. 9-20).
Emecé Editores.
Recalcati, M. (2016). La hora de clase: Por una erótica de la
enseñanza. Anagrama.
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